Ir al contenido principal

Cambié de opinión sobre Manuel Elkin Patarroyo

 En una fría mañana, en un colegio en la falda de los cerros de Bogotá, en un coliseo lleno de reverberaciones, Manuel Elkin Patarroyo Murillo se dirigía a unos 600 alumnos. Tenía frescos los prestigiosos galardones con los que se había premiado su promesa: la vacuna contra la malaria, enfermedad que cada año cobraba la vida de más de medio millón de personas en el mundo. Era el científico más importante de Colombia. Por su exposición mediática y nuestra ignorancia científica, parecía ser el primero y único.

Del discurso solo queda el poco fiable registro de la memoria. Ardila, que por privilegio alfabético lo vio más cerca, confirmó que su historia comenzaba con la humilde escuela de Ataco, Tolima. Posiblemente sus palabras no fueron blandas: “las realizaciones no son fruto del azar, sino un camino buscado, planificado y trajinado”, dijo a otros estudiantes en otras tribunas. Pero era la primera vez que yo veía a un científico de carne y hueso. Su existencia era una validación para el niño que soñaba con los universos de Carl Sagan. Ese señor de traje gris y corbata rojiza también era científico, y estaba ahí, cerca. A lo mejor yo también podía convertirme algún día en uno.

Veinticinco años después, volví a escucharlo. Su interlocutora lo dejaba explayarse en explicaciones sinuosas, pero repetía lo que le parecían afirmaciones concluyentes. Con respuestas ligeras, imprecisas y sin contexto, Patarroyo contradecía la evidencia científica que hasta entonces se tenía sobre el virus que estaba a punto de desencadenar la mayor emergencia sanitaria internacional en los últimos cien años. Durante los siguientes meses usó esa tribuna virtual para acusar de envidia a sus contradictores, promover su método “para desarrollar vacunas contra 517 enfermedades” y minimizar la seriedad de la enfermedad que cobró la vida de casi siete millones de personas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) había registrado su vacuna contra la malaria (SPF66) como inactiva o descontinuada. Queda para la historia como una de las primeras que se probó ampliamente en zonas endémicas, pero su efectividad es nula. Su legado estaba además empañado por el presunto comercio ilegal de animales para experimentación. Su cameo era el estertor mediático de una carrera que en su apogeo consumió gran parte de los recursos de la ciencia en Colombia sin resultados claros; solo en 2001, se llevó una tajada del presupuesto de Colciencias que superaba la disponible para repartir entre el resto de científicos del país. Lo mejor parecía ser pasar la página. “Lo borré de mi mente, es irrelevante”, como lo puso un buen amigo.

Pero hace unos días el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef por sus siglas en inglés) anunció la distribución mundial de R21/Matrix-M, la vacuna contra la malaria desarrollada en la Universidad de Oxford, que ha demostrado una efectividad del 77 % en el combate de la enfermedad que sigue matando a un niño menor de cinco años cada minuto. Y cambié de opinión. Hoy todos deberíamos recordar la parábola del doctor Patarroyo, el Prometeo moderno que armamos a partir de recortes de prensa. El sabio que proclamábamos mientras se abandonaba el ecosistema científico del país. No nos trajo el fuego, pero el águila de la opinión pública consume su hígado. ¿Algún día nos va a contar qué salió mal? A lo mejor podemos aprender algo cuando se atenúe el ruido de sus promesas. Y así la ciencia en nuestro país puede ser un poquito mejor. No pedimos perfección, pero sí progreso.En una fría mañana, en un colegio en la falda de los cerros de Bogotá, en un coliseo lleno de reverberaciones, Manuel Elkin Patarroyo Murillo se dirigía a unos 600 alumnos. Tenía frescos los prestigiosos galardones con los que se había premiado su promesa: la vacuna contra la malaria, enfermedad que cada año cobraba la vida de más de medio millón de personas en el mundo. Era el científico más importante de Colombia. Por su exposición mediática y nuestra ignorancia científica, parecía ser el primero y único.

Del discurso solo queda el poco fiable registro de la memoria. Ardila, que por privilegio alfabético lo vio más cerca, confirmó que su historia comenzaba con la humilde escuela de Ataco, Tolima. Posiblemente sus palabras no fueron blandas: “las realizaciones no son fruto del azar, sino un camino buscado, planificado y trajinado”, dijo a otros estudiantes en otras tribunas. Pero era la primera vez que yo veía a un científico de carne y hueso. Su existencia era una validación para el niño que soñaba con los universos de Carl Sagan. Ese señor de traje gris y corbata rojiza también era científico, y estaba ahí, cerca. A lo mejor yo también podía convertirme algún día en uno.

Veinticinco años después, volví a escucharlo. Su interlocutora lo dejaba explayarse en explicaciones sinuosas, pero repetía lo que le parecían afirmaciones concluyentes. Con respuestas ligeras, imprecisas y sin contexto, Patarroyo contradecía la evidencia científica que hasta entonces se tenía sobre el virus que estaba a punto de desencadenar la mayor emergencia sanitaria internacional en los últimos cien años. Durante los siguientes meses usó esa tribuna virtual para acusar de envidia a sus contradictores, promover su método “para desarrollar vacunas contra 517 enfermedades” y minimizar la seriedad de la enfermedad que cobró la vida de casi siete millones de personas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) había registrado su vacuna contra la malaria (SPF66) como inactiva o descontinuada. Queda para la historia como una de las primeras que se probó ampliamente en zonas endémicas, pero su efectividad es nula. Su legado estaba además empañado por el presunto comercio ilegal de animales para experimentación. Su cameo era el estertor mediático de una carrera que en su apogeo consumió gran parte de los recursos de la ciencia en Colombia sin resultados claros; solo en 2001, se llevó una tajada del presupuesto de Colciencias que superaba la disponible para repartir entre el resto de científicos del país. Lo mejor parecía ser pasar la página. “Lo borré de mi mente, es irrelevante”, como lo puso un buen amigo.

Pero hace unos días el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef por sus siglas en inglés) anunció la distribución mundial de R21/Matrix-M, la vacuna contra la malaria desarrollada en la Universidad de Oxford, que ha demostrado una efectividad del 77 % en el combate de la enfermedad que sigue matando a un niño menor de cinco años cada minuto. Y cambié de opinión. Hoy todos deberíamos recordar la parábola del doctor Patarroyo, el Prometeo moderno que armamos a partir de recortes de prensa. El sabio que proclamábamos mientras se abandonaba el ecosistema científico del país. No nos trajo el fuego, pero el águila de la opinión pública consume su hígado. ¿Algún día nos va a contar qué salió mal? A lo mejor podemos aprender algo cuando se atenúe el ruido de sus promesas. Y así la ciencia en nuestro país puede ser un poquito mejor. No pedimos perfección, pero sí progreso.

Aunque eso signifique que de su mural en aquella facultad de medicina solamente quede el mico.

Referencias:

Manuel Elkin Patarroyo: un saber hacer ciencia desde las dificultades de la vida.

Los micos del doctor Patarroyo.

Las metidas de pata de Patarroyo durante la pandemia de coronavirus.

#LasFakeNewsDelCoronavirus.

Acción popular contra Patarroyo.

Vaccines for preventing malaria (SPf66).

La inmunidad de Patarroyo.

UNICEF signs deal to deliver new malaria vaccine in breakthrough for child survival.

Por 

07 de diciembre de 2023 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Técnicas de ‘prompt’: cómo sacar lo mejor de la inteligencia artificial

  La ‘magia’ de la IA generativa se logra en la medida que sepamos cómo preguntarle y pedirle las cosas. José Carlos García Rico La inteligencia artificial generativa, como ChatGPT, Gemini, DALL-E, Midjourney o Stable Difusión, son grandes tecnologías que están en capacidad de crear textos, documentos, mapas mentales, tablas, hojas de cálculo, presentaciones, imágenes o videos, pero requieren una guía precisa, unas indicaciones claras, directas y con los insumos suficientes para que el resultado sea el mejor posible. Y esas órdenes o guías se conocen como prompts, una ‘entrada de información’ en el mundo técnico, con el cual se especifica el contexto, el objetivo de la tarea y el output o resultado esperado de aquella. ​ ​(Lea también: ¿Qué es un prompt y para qué sirve? ChatGPT responde) Cómo hacer un buen ‘prompt’ Lo primero es preparar muy bien la instrucción que se le dará a la inteligencia artificial. El objetivo debe estar muy claro para evitar ambigüedades o respuestas genér...

¿Cómo hacían los papás de antes para mantener a tantos hijos, sacar carro y casa?

  Triste pero es cierto! Hay mucha gente que se pregunta "¿Como le hacían los papás de antes para mantener a tantos hijos, sacar carro y casa?". Pues les digo, fuera de que la capacidad adquisitiva era mayor en esos tiempos. Los padres de antes tenían un secreto y se los voy a compartir. El secreto de los papás de antes es: ¡NO GASTABAN EN PENDEJADAS! A nosotros nunca nos faltó nada, porque se nos compraba lo necesario... teníamos la ropa necesaria, no la de moda. Los juguetes eran esperados en Navidad y cumpleaños, no cuando los pidiéramos ni por portarnos bien, o pasar las materias de la escuela, esa era nuestra responsabilidad. Y era un "intercambio" justo. Ellos nos daban comida y sustento, y nosotros no éramos un dolor de cabeza y nos preparábamos para cuando ellos nos hicieran falta. Al paso que van, los niños van a querer un sueldo por cumplir con sus labores. Ahorita a los niños se les da toda clase de premios y reconocimientos. ¿Medallas de participació...

El algoritmo que predice (con aterradora precisión) cuándo morirás

  Un proyecto de investigación realizado conjuntamente por la Universidad Técnica de Dinamarca y la estadounidense Universidad Northeastern y que utiliza Inteligencia Artificial logró un sorprendente resultado: predecir con aterradora precisión cuándo vas a morir. Lo que hicieron los investigadores fue proporcionar a un modelo de Inteligencia Artificial llamado life2vec los datos de seis millones de daneses para que la máquina proyectase su futuro. Y lo novedoso de la propuesta es que los científicos no sólo proporcionaron a la IA datos de salud sino también otros detalles significativos: ingresos, lugar concreto de residencia, etc. El estudio con las conclusiones de este proyecto científico se publicó en Nature y, según recogieron medios como Science, las predicciones de life2vec (la IA utilizada en la investigación) alcanzan un sorprendente 78% de acierto. La pregunta que se hacía a la IA sobre algunos individuos (cuyo final ya se conocía) era: '¿muerte en cuatro años?'. La I...