Intento opinado por enmendar que haya pasado desapercibida para la crítica y el amplio público La última noche, “la exquisita novela escrita por el fiscal” Francisco Barbosa.
Muy pocos lo saben, pero el fiscal general, Francisco Roberto Delgado Barbosa, es el mejor novelista de su generación. No solo es el jurisconsulto más preparado del país, como tan humildemente dijo en una entrevista, ni el profesor con más diplomas –tiene la inverosímil cantidad de no una, sino dos maestrías–, ni el intelectual que más lenguas maneja, ni el columnista más leído de todos los periódicos habidos y por haber, ni el mejor fiscal de la historia, como tan recatadamente dijo en otra entrevista concedida un par de horas después de haber sido nombrado fiscal, sino que es también, y sobre todo, el más fino narrador de Colombia. Y para colmo, todo esto lo ha conseguido a la tierna edad de cuarenta y nueve añitos, batiendo el salvaje récord de precocidad que ostentaba el niño Tutankamón, proclamado faraón de Egipto antes de haber cumplido los diez. (Pero Tutankamón no tenía dos maestrías. Ni siquiera tenía una).
Por alguna razón enigmática como esa ley de Gresham de la economía que hace que la moneda mala expulse a la buena, en Colombia la literatura mala ha expulsado a la buena. Solo de esa manera se explica que La última noche, la exquisita novela escrita por el fiscal, publicada en el 2001 por la editorial Oveja Negra y dedicada “a mis sombras”, haya pasado desapercibida para la crítica y el amplio público. Un error así debe enmendarse, claro...
Pero estos módicos deslices libidinosos, como ya dije, no le restan ni un ápice de mérito a la novela. Al voltear la última página de La última noche, queda uno con la sensación de que el abnegado alguacil Barbosa nos ha engañado a todos. Porque lo suyo no son las leyes: lo suyo son los versos. Él no es el mejor fiscal de la historia, sino el mejor escritor de la historia. Un embuste de esta magnitud no se veía desde el pontificado de Juan, en el siglo IX, que ocupó durante tres años la barca de san Pedro hasta que, en medio de la algarabía de una procesión, mientras lo llevaban a hombros en la silla gestatoria, comenzó a sufrir contracciones y un bebé se le escurrió de la panza. Los cardenales, salpicados de moco de placenta, se dieron cuenta de que no era Juan el papa, sino Juana la papisa, y el gentío despechado la mató a pedradas. Desde entonces, a cada aspirante al trono papal le practican una requisa en los calzones. Acabada la inspección manual, si el resultado es positivamente viril, el detective exclama: “Duos habet et bene pendentes” (‘Tiene dos y cuelgan bien’).
Habrá, pues, que inventar un filtro análogo con el propósito de evitar que un inmenso talento poético y patriótico como el de Barbosa se marchite en la prosaica tarea de perseguir a los dos o tres mamarrachos de poca monta que aún delinquen en el país del Sagrado Corazón de Jesús, donde la tasa de criminalidad está a ras de piso gracias a la labor caritativa de la actual Fiscalía y su ya probada y requeteprobada fórmula de homicidio que no se investiga, homicidio que no existe. Pero lo hecho, hecho está, y no hay que llorar sobre la leche derramada. Lo que sí hay que hacer es prender las velitas, cruzar los dedos y poner los santos patas arriba para que se nos haga el milagro, y una vez depuestas su pistola de juguete y su placa de disfraz de sheriff, las letras colombianas recuperen por fin y para siempre al colosal Francisco Roberto Alberto Delgado Barbosa, el poeta de las dos maestrías.
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