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Apuntes para una teoría del cuento

 Opinión de Julio César Londoño

El cuento admite varias definiciones. La definición camorrera sostiene que un cuento es una novela libre de ripios. Con argentino aplomo, Cortázar dijo que el cuento era una narración de 20 páginas máximo. Poe lo practicó como una máquina de horrores cuyo eje es la tensión. Si sumamos estas definiciones concluimos que el cuento es un relato breve cuyo protagonista es el argumento y su alma es la tensión.

Nota. No existe el género relato. Relato significa relación de sucesos. Es una etiqueta que abarca la novela, el cuento, el drama, la cuentería, la anécdota y el chisme.

Los maestros advierten que el cuento puede partir de una anécdota pero tiene la obligación de editarla, complicarla y llevarla a las alturas del arte y la ficción.

Ejemplo de anécdota: un padre abofetea a su hijo de siete años delante de sus amigos. El niño llora y piensa: voy a matar a este viejo marica. Luego el padre se arrepiente, lo abraza, le pide perdón, el niño sonríe y lo perdona. Fin de la anécdota.

Ejemplo de cuento. Un padre le pega a su hijo. El hijo llora y se promete: lo mataré. Pero luego se reconcilian. Se abrazan. El hijo sonríe amorosamente y piensa: voy a matar a este viejo marica. Lo envenenaré. En este momento el relato trasciende la anécdota y alcanza las alturas del cuento.

Es difícil distinguir un cuento realista de una crónica porque solo los diferencia el hecho de que “la crónica es un cuento que es verdad” (GGM). Pero los buenos lectores intuyen la diferencia. La huelen en la sonrisa de ese niño súbitamente asesino, o en un guiño intertextual, o en el filo de la prosa, o en la aparición de un narrador omnisciente, ese superojo que es patrimonio exclusivo de la ficción.

Aunque vieja como el mundo, la “literatura”, en tanto campo sociológico (críticos, industria editorial, grandes tirajes y grandes librerías) data apenas del siglo XIX.

También es moderno el concepto de “literatura fantástica”. El mundo medieval era tan delirante que nadie pensaba que las brujas, los dioses, los magos y los dragones fueran criaturas fantásticas. Los dioses y los dragones pertenecían al más rancio costumbrismo. Es entre los siglos XV y XVI, cuando los dioses pierden terreno y el escepticismo empieza a sospechar de todo, que se acuña la expresión “literatura fantástica”.

El deber de la crónica es la verdad. Al cuento solo le pedimos verosimilitud. Para gozar y sufrir las mentiras de la ficción, exigimos que sean creíbles, verosímiles. Para lograrlo, el cuentista echa mano de un testigo serio: un escéptico, un gato, un espejo. Supongamos que el autor quiere convencernos de que hay un fantasma en la alcoba del protagonista. Entonces recurre a la declaración de un testigo escéptico, uno que no cree en fantasmas, como en Otra vuelta de tuerca de Henry James. O nos muestra un gato erizado, prueba patente de que en la habitación hay una potencia sobrenatural, una entidad que solo el gato puede sentir. O recurre a la prueba del espejo: todos vemos al conde Drácula pero los espejos no lo reflejan, y esto es suficiente para crisparnos el alma. Esa no-imagen es más terrible que sus colmillos, su lujuria y su sed roja.

Los enemigos del cuento son la cantaleta moral, la corrección política, los excesos líricos y la erudición. También es grave subestimar la inteligencia y la credulidad del lector.

P. S. Desde el último sábado de enero estudiaremos el cuento y otros géneros (la crónica, la crítica literaria, el ensayo de divulgación científica y la poesía) en mi taller virtual de escritura, un foro que inventé para descubrir con los alumnos las posibilidades de ese viejo y querido instrumento, la lengua española.

jclondono53@gmail.com

Fuente: El Espectador  El Espectador 

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